Jorge Luis Borges, el hombre que convirtió a Buenos Aires en un laberinto universal y llevó sus historias al mundo
Nació hace 127 años y murió en Ginebra en junio de 1986, pero nunca dejó de escribir sobre la ciudad que consideraba su patria. Entre libros, ceguera, política, viajes y una memoria prodigiosa, constr
Siempre supo que su destino sería el de ser escritor, como si ese destino se le hubiese impuesto aun antes de nacer, como esos chicos que nacen para ser reyes. Eso fue lo que Jorge Luis Borges dijo cuando el rey de España, Juan Carlos I, puso en sus manos el Premio Cervantes, el más importante de las letras hispanoamericanas. Fue la mañana del 21 de enero de 1980, en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. Borges dijo entonces que le conmovía recibir el premio de manos de un rey: “Un rey, como un poeta, recibe un destino, acepta un destino y cumple un destino, y no lo busca; se trata de algo fatal, hermosamente fatal”.
Estas líneas desordenadas tratarán de trazar la semblanza de un hombre inabarcable. Aquel Premio Cervantes que Juan Carlos I puso en las manos ciegas de Borges fue visto entonces como un sucedáneo del Nobel que la Academia Sueca jamás le concedió: no lo era, ni por lejos. Era el reconocimiento de la lengua de Cervantes hacia un hombre que revolucionó la literatura de América Latina, que extendió la gracia de su genio a Inglaterra, Francia, Italia y Estados Unidos; que acercó el mundo de la fantasía y la metafísica a través de cuentos asombrosos y de una poesía vasta y entrañable. Por otro lado, no es a Borges a quien le faltó el Nobel; es el Premio Nobel al que le faltó Borges.
Nació hace 127 años, el 24 de agosto de 1899, a las cinco de la mañana en una casa de finales del siglo XIX que ya no existe, con patio y aljibe, en el centro puro de la ciudad que tanto amó, Buenos Aires: Tucumán 840, entre Suipacha y Esmeralda. Era una casa que pertenecía a los Acevedo, la familia de su madre Leonor. Pero pocos años después, su padre, Jorge Guillermo, compró un terreno en Palermo, que era entonces tierra orillera, de orillas terrestres, no fluviales, en la calle Serrano 2135, junto a la casa de su madre, Frances Ann, “Fanny” Haslam, la abuela inglesa de Borges, que se hará cargo de parte de su educación y con quien Borges estableció un fuerte lazo afectivo. Palermo entonces fue su patria chica; los dos, la casa natal y el barrio en el que merodeaban todavía los malevos a los que Borges ubicaría en una secta del cuchillo y del coraje, rondarían sus poemas, su visión de la ciudad en la que “mis pasos tejen su incalculable laberinto”.
Jorge Luis casi no es Luis. Decidieron que sería Jorge Francisco Isidoro Luis, pero dos días después de nacer lo anotaron en el Registro Civil sin el Luis planeado. Borges repararía el olvido años más tarde, como revela uno de sus biógrafos, Alejandro Vaccaro, en su Borges, vida y literatura. Su relación con esa literatura empezó temprano: a los cuatro años ya sabía leer y escribir; empezó a acumular entonces un conocimiento vasto, amplio y generoso, apuntalado por una memoria fidelísima sobre la que ironizó tantas veces. En Borges era natural la ironía aguda y en apariencia inocente, cierta modestia pudorosa y un humor a prueba de cañones.

Foto archivo de la biblioteca Jorges Luis Borges. (Foto: Agustina Ribó / TN)
Su casa de Palermo rebosaba de libros. Los domingos por la noche su padre se trenzaba en charlas literarias a las que solía llegar un vecino ilustre, Evaristo Carriego, a menudo acompañado por el dirigente socialista Alfredo Palacios, por el poeta Macedonio Fernández, que luego sería amigo de Borges adulto, por Marcelo del Mazo, por el poeta suizo Charles de Soussens y por Melián Lafinur, abogado y periodista uruguayo, tío del escritor. Ya con setenta y un años, Borges diría de esa casa: “Si tuviera que señalar el hecho capital de mi vida, diría la biblioteca de mi padre. En realidad, creo no haber salido nunca de esa biblioteca. Es como si todavía la estuviera viendo; recuerdo con nitidez los grabados en acero de la Chambers’s Encyclopaedia y de la Británica”.
Escribió su primer cuento a los siete años: La visera fatal, que luego fue El río fatal: eran cuatro o cinco páginas escritas en español antiguo. A esa edad, cuando acaso estaba seguro de su destino de escritor, Borges todavía no había pisado una escuela. Lo educaron en casa junto a su hermana menor, Norah, una profesora de inglés, la abuela Fanny y el molde trazado por los gustos literarios del padre: en esa casa se hablaban dos idiomas, español e inglés.
Un año antes de que Borges fuese al colegio por primera vez, Argentina festejó los 100 años del 25 de mayo de 1810. Borges, que cumpliría 11 años en agosto, tuvo la certeza de que aquel país de fiesta enfrentaba un porvenir brillante. Así lo confesaría en una de sus cuatro conferencias magistrales sobre El tango, en septiembre de 1965: “El año 1910 fue el año de la aparición del cometa Halley (…) El recuerdo al que yo me refiero era algo que yo sentí entonces. Y que creo que todos, más o menos, sentimos, aunque sabíamos que era algo que no podía decirse porque correspondía a una idea absurda; sin embargo, todos la sentimos como verdadera. Sentíamos que el cometa, ese cometa que yo veía sobre las casas bajas de la vereda de enfrente o desde uno de los patios de la casa, que ese cometa correspondía a las iluminaciones del Centenario, era una parte de las festividades, era como un beneplácito celeste. No diré, porque eso sería absurdo, que aquella época era una época utópica, que todos los hombres eran felices, que vivíamos en el paraíso. Pero sí diré que la ciudad, aunque pequeña entonces, era una ciudad creciente, era la capital de un país creciente. En cambio, ahora, no sé si sinceramente podemos pensar en eso. Antes, todos los sentíamos”.

Jorge Luis Borges empezó a leer a los cuatro años y a los siete escribió su primer cuento. (Foto: AFP)
Esas fueron las musas que acrecentaron el genio de Borges: libros, poetas, cometas, luces, esperanzas, sueños nutrieron a aquel chico en su camino a ser universal. El 2 de marzo de 1911 ingresó como un alumno más, tenía once años y siete meses, a la Escuela Superior de Varones número 1, en Thames 2321, a tres cuadras de su casa de Palermo. Lo inscribieron en quinto grado, pero luego lo pasaron a cuarto. Sobre aquel leve desatino educativo, Jorge Luis Borges haría suyas las palabras de George Bernard Shaw: “Tuve que abandonar mi educación para ingresar a la escuela”.
Borges estaba inmerso en las letras, en los libros y en la lectura. Había leído ya su primera novela completa, Huckleberry Finn, de Mark Twain, y Los primeros hombres en la Luna, de H.G. Wells; había descubierto a Edgar Allan Poe, se había internado en el mundo de la aventura con La isla del tesoro, de Charles Dickens, y hasta se había animado con el ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha. En 1910, el diario El País de Montevideo había publicado una traducción suya del inglés de El príncipe feliz, de Oscar Wilde
En otro relato infantil, El rey de la selva, aparece por primera vez la obsesión de Borges: los tigres. En sus años de infancia, pasaba horas en el zoológico, de la mano de su madre, frente a la jaula de aquellos animales a los que honraría hasta el final de su vida porque, además, cuando la visión dejó de acompañarlo, el amarillo de los tigres era el único color, o casi el único, que Borges podía descifrar.
En 1913 ingresó al Colegio Nacional Manuel Belgrano, de Santa Fe 2646, al que llegaba en tranvía. No fue un alumno brillante; sus notas no pasaban de regulares y luchaba un poco con el francés y mucho con el dibujo y la geometría. En febrero de 1914, la familia, junto a Leonor Suárez, abuela materna de Borges, viajó a Europa para que el padre intentara hallar un tratamiento para su ceguera progresiva, un mal que heredaría su hijo. Planeaban una estancia prolongada y en Londres, donde serían educados Jorge Luis y Norah. Pero el 28 de junio de ese año, el estudiante serbiobosnio Gavrilo Princip, que ansiaba la independencia de Serbia del imperio austrohúngaro, asesinó a balazos al archiduque de Austria, Francisco Fernando, y a su mujer. De ese crimen derivó el estallido de la Primera Guerra Mundial, que en los planes militares iba a durar 15 días y duró cuatro años.

La familia Borges viajó a Suiza durante la Primera Guerra Mundial en busca de un tratamiento para la ceguera de Jorge Luis. (Foto: Sara Facio)
Los Borges quedaron atados en la Suiza neutral. Allí Jorge Luis estudió el bachillerato en el liceo Jean Calvin, de Ginebra, que, con los años, sería la ciudad que iba a elegir para morir porque sostenía que la patria de un hombre es el sitio donde pasó su juventud. Aprendió alemán solo, con la ayuda de un diccionario, para leer a Schopenhauer, a Nietzsche y a Fritz Mauthner, un especialista en la filosofía del lenguaje y en la historia de las ideas.
Cuando la Gran Guerra termina, la guerra que no se iba a repetir, los Borges se mudan a España, a Barcelona primero y a Palma de Mallorca después. En Madrid y en Sevilla, Borges adhiere al ultraísmo, un movimiento flamante, que había nacido en 1918, que encabezaba el escritor sevillano Rafael Cansinos Assens, a quien Borges admira, que intentaba renovar el arte, oponerse al modernismo, a los compromisos sociales como el cristianismo y el comunismo, triunfante en Rusia en 1917. El manifiesto literario ultraísta fue publicado en 1919 en la revista española Grecia, que es donde Borges publicará el 31 de diciembre de ese año su primera poesía: Himno al mar.
El ultraísmo también buscaba renovar la metáfora con nuevas equivalencias, nuevas figuras, nuevas comparaciones y semejanzas. Ya en Buenos Aires, Borges será líder teórico del ultraísmo por un lapso breve; abdicaría de él en los años 20 y, en los años 60, en una de sus conferencias sobre Leopoldo Lugones, dirá que él y el ultraísmo estaban muy equivocados: “Creo que hay pocas metáforas esenciales (…) y que la función de un poeta es repetirlas con una leve novedad”.
Sus adhesiones políticas, sus definiciones que oscilaron siempre entre cierto anarquismo genético y un conservadurismo adquirido, le costaron caro. Cuando la Segunda Guerra Mundial, de la mano de la escritora Victoria Ocampo, adhirió a las fuerzas que combatían a los nazis en Europa en un momento, 1943, en el que un golpe militar se instalaba en la Argentina con abiertas simpatías por el Tercer Reich que ya iba en camino a la derrota. El gobierno que siguió a aquel golpe militar, el primero de Juan Domingo Perón, tampoco lo trató muy bien. Y viceversa.

Jorge Luis Borges en sus años de juventud. (Foto: Clarín).
Después de firmar un par de solicitadas contra la política del peronismo, lo excluyeron, o intentaron excluirlo, de su humilde cargo de bibliotecario municipal, para nombrarlo inspector de aves, huevos, pollos, conejos y derivados, en el Mercado de Concentración Municipal. A Borges le llegó el rumor del nombramiento y dejó la biblioteca y ya no regresó más. Parece que esa fue la idea del entonces intendente, Emilio Siri. Borges diría luego: “Me fui entonces a casa. Tenía un libro de Éluard y otro de Vercors. Me puse a leer y me olvidé del mundo”.
La Revolución Libertadora, que derrocó con un golpe sangriento el gobierno de Perón en 1955, lo designó director de la Biblioteca Nacional y profesor de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires. La ceguera lo envolvía en una bruma progresiva que, según los investigadores de su obra, lo impulsó a crear símbolos literarios innovadores. Su fervoroso antiperonismo le fue devuelto con creces durante décadas, mientras obras fueron traducidas y publicadas en Europa y en Estados Unidos y le dieron un reconocimiento que le fue negado en su país. Este recuento sumario y deficiente, que no es siquiera una semblanza de su gran vida y obra, siempre por descubrir, elude lo muy conocido: se unió a María Kodama, que fue su guía, sus ojos, su asistente, su alter ego, que suplantó de alguna manera a la omnipresente madre de Borges y terminó por casarse con él y por acompañarlo hasta el último minuto de su vida.
Dictó numerosas conferencias; de hecho, es el escritor argentino más “hablado”, el que ha dejado más testimonios orales. Sus disertaciones a lo largo del mundo, además de estar reunidas en libros, el último Conferencias reunidas, que atesora sus conferencias casi inéditas entre 1960 y 1985, se pueden escuchar y, en el mejor de los casos, también ver en las plataformas virtuales. Escuchar su voz entrecortada desgranar conciencia y conocimiento sobre La Divina Comedia, el tango, Shakespeare, el budismo, la Cábala, Las Mil y Una Noches, la poesía, la pesadilla o los sueños, la ceguera, el Martín Fierro o la literatura fantástica es siempre un desafío por desentrañar.
Borges fue también un tipo de coraje. Hay que tenerlo para admitir, como hizo en uno de sus poemas escritos al morir su madre, que le habían legado valor y que no fue valiente; que cometió el peor de los pecados que un hombre puede cometer, no haber sido feliz. Hay que enarbolar un coraje acerado y sin cuchillos para afrontar la persecución política de que fue víctima, para eludir una condena al olvido de imposible cumplimiento, para desafiar humillaciones y para conservar humor, ironía e ingenio. Hay que desplegar coraje para enfrentar la ceguera y pedir:
Nadie rebaje a lágrima o reproche
Esta declaración de la maestría
De Dios, que con magnífica ironía
Me dio a la vez los libros y la noche.
Son muchas más las razones, que no son del caso comentar o tal vez de reiterar, las que hicieron que Borges llegue siempre tarde a la vida de sus lectores. Nunca es tarde para encontrarlo y esta es, también, otra declaración de la maestría de Dios.
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Su amor a Buenos Aires, indeleble, a la que juzgaba eterna como el agua y el aire, está estampado en la memoria en el último de los dos sonetos dedicados a la ciudad que no nombra excepto en el título:
Y la ciudad, ahora, es como un plano
De mis humillaciones y fracasos;
Desde esa puerta he visto los ocasos
Y ante ese mármol he aguardado en vano.
Aquí el incierto ayer y el hoy distinto
Me han deparado los comunes casos
De toda suerte humana; aquí mis pasos
Tejen su incalculable laberinto.
Aquí la tarde cenicienta espera
El fruto que le debe la mañana;
Aquí mi sombra en la no menos vana
Sombra final se perderá, ligera.
No nos une el amor, sino el espanto;
Será por eso que la quiero tanto.
Jorge Luis Borges murió en Ginebra poco antes de las ocho de la mañana del sábado 14 de junio de 1986, a punto de cumplir 87 años.